
[Por medio de un tubo, se le introduce un ratón en el coño; se saca el tubo, se cose el coño, y el animal, sin poder salir, le devora las entrañas.] Las 120 jornadas de Sodoma; Marquès de Sade.
Mi querido Donatien se ha materializado en uno de mis sueños mojados. Después de tanto invocar, rezarle hipócritas oraciones a los santos y demonios, prender velas en el altar sagrado de una bruja que lee la taza y las cartas. Al fin mis ojos y otras partes corporales disfrutaron de su resurrección. Un reencuentro atípico entre animales de dos patas, carnívoros por naturaleza, no hubo beso, ni abrazos, ni preguntas. Solo el tenia la palabra, siempre le ha gustado dominar y a mi ser dominada.
Su aspecto no era el de un espectro, ni un fantasma, ni un muerto ambulante de esos terroríficos. Era mas bien un esqueleto aplastado por la brisa, delgado, sumamente delgado, con dos huecos en lugar de ojos, su cara desfigurada por el fuego que lo consumía allá abajo en la matriz de la tierra, sus manos eran el único pedazo de su corpus que tenia carne, -eso lo pude comprobar mas adelante. Yo no podía despegarle la mirada, [mientras escribo mis pezones se han puesto duros imaginándolo] sus pozos oscuros sin finales, sus precipicios debajo de la frente se clavaron en mi. Hurgo mi cuerpo , inspeccionándome, buscando no se que, me olfateo como buen depredador, poso su nariz sobre mis pantaletas, oliéndome, quedando extasiado por leves segundos, recordando el perfume a pescado y jazmín que desprende mi acuario.
Al subir la mirada para perderme en sus adentros, me sorprendió sentir su gruesa mano palpando la superficie de mi vulva. Acerco su boca a mi oreja susurrándome –eres una pequeña viciosa, te voy a desbaratar el coño con mi mano. Te vas a correr de lo bueno, ángel mío-. En cada letra que brotaba de sus desaparecidos labios, una gota del elixir de la lujuria se derretía en mi caliente vagina, inundándome los muslos de jugo. Mis bragas resbalaron por mis piernas estrellándose en el suelo, con la gracia y experiencia de aquel verdugo que nunca muere y que lo ha vivido todo. Suavemente toco mi vulva, acariciándome como nunca nadie lo había hecho, despacio, disfrutando de lo que lo han privado por mucho tiempo, degustando como un mendigo la comida del basurero. Tranquilo paso sus dedos por mis pliegues lentamente. Hasta que la lluvia que mojaba mis adentros lo embriago de locura y perversión. Su otro mano sin vacilar agarro una de mis tetas, halaba mi pezón estrujándolo con sus dedos. Mis gemidos no se hicieron esperar, le clave las uñas en la mano secuestrando sus largos y deliciosos dedos dentro de mi – soy tu perra en celo, quiero venirme en tu mano-.
Sus dedos, al compás de mis caderas en un mete y saca sobrenatural, su otra mano destruyéndome los pechos, su pene forzando la tela que lo cubría, rozándome el culo. – si , si si me vengo. Rápidamente me tiro a la cama, y me puso a su merced, le ofrecí mis dos orificios para que lo llenara con sus apetitosos dedos. Me halo por el pelo y me susurro – te vas a venir cuando yo quiera maldita puta, aprende a obedecer a tu amo-. Dejo caer su caliente saliva sobre mi culito, metió dos dedos hasta tocarme los intestinos, mientras su otra mano ataco vorazmente mi coño mojado. De mi boca se disparaban cañones de gemidos y promesas – me voy a venir maldito, me matas del gusto-. Una melodía de espasmos recorrió mi cuerpo, sus dedos devoraron mi clítoris, y al fin término mi exquisita tortura, me vine sobre su avejentada mano.
El, desapareció entre gemidos y jadeos. Yo, extasiada, me fui a brazos de Morfeo buscando entre sueños las manos de mi Querido Donatien.